LA CASA SOLARIEGA

PRIMER PREMIO CUENTO DEL CONCURSO FUNDACIÓN GLOBAL DEMOCRACIA Y DESARROLLO.


Dedicado a Steve Irwin, que supo amar a los seres que no saben que son, y abandonar su cuerpo antes de que este lo abandonara a él.




Mis manos y mis pies han aprendido a hablar con el agua. Un diálogo casi en silencio, con suaves sonidos, con roces que componen un alfabeto mudo, un idioma de dedos medio mojados, de muñeca hundida, de pelos humedecidos, de gotas que ruedan. Tanto tiempo duraron sin encontrarse esta piel y esas aguas que ahora no hallan cómo separarse cuando se abrazan. Los pies sin embargo son casi analfabetos de humedad, no saben qué le cuentan las sílabas del hidrógeno y el oxígeno tibios o fríos metiéndose entre sus cortas coyunturas o subiendo tibia y peroné, esponjando pantorrillas como un tren sin ruedas que arranca del tobillo y le grita algo a la rodilla en un golpe de agua. Tampoco entienden el idioma de los metales pobladores de estas marinas corrientes cuando narran su historia, de cómo se distendieron con el big bang, y la sal explicando cómo llegó a hacerse salada. Pero mis manos sí saben ya todo. Conocen su sintaxis de gotas, sus reglas de acentuación en pequeños altibajos de la corriente, sus adjetivos que envuelven de azul y verde, sustantivos que dejan caer su peso y se derraman en conjunciones hechas de acariciante rocío, interjecciones grises, artículos que se quedan sujetos a los pelillos en pausas que esperan los complementos fluyentes de sabanas y sábanas cambiantes que despiertan los arrecifes y piedras. Les peinan y despeinan el transparente cabello que en chorros va y viene o el lacio pelo de algas que van dejándoles. Saben mis manos cuando el agua habla alto, a voz en cuello, en elevadas y rubias olas, porque está en celo, emocionada de amor o cuando furiosa en fuertes ronquidos hondos y violentos en horribles golpes cobra su mal humor y su amargura a golpes sobre las rocas como si las odiara, en un ácido trago, queriendo suicidarse sobre las inocentes hijas de los fósiles, porque algo le molesta, una pena insondable le molesta por allá abajo, en los fondos oscuros del alma del mar, donde ni los que viven ven.
Pero mis pies van aprendiendo. Ya saben cuando susurra porque quiere cariño o cuando habla quedo porque le queda un nudillo de dolor o tristeza en medio de dos corrientes plateadas y finas como cuchillos, que necesitándose se rechazan porque un líquido piensa que otro líquido sobra o porque siente que el otro líquido debe estar ahí para ser parte suya y no para aspirar a ser él mismo o a pertenecer otra ajena.
Mis manos, te lo aseguro, son maestras en agua, saben andar por la planicie azul, son cuentistas de sus escapadizos habitantes, novelistas de sus misteriosos fondos, poetas de sus caprichos. Tal vez se adelantaron a mis pies y a todo el cuerpo en el diálogo, por aquel aserto antiguo de que el conocimiento entró por las manos, de que el humano empezó a ser fiera vertical porque las extremidades superiores querían estar libres para aprender a tocar, a desarrollar esos ojos, oídos, olfatos y degustación que hay en la piel de la palma de la mano y la matemática que cuenta cada dedo. Ese ver tocando, ese oler oprimiendo, ese gustar apretando, ese oír rozando y ese sentir apropiándose de lo sentido, le dieron sentido e hicieron sabias a las manos. Por eso son tan locuaces en su líquido diálogo y saben escuchar con tanta precisión. Son, junto a mi voz, las mejores auxiliares para organizar el recuerdo de que vivo y del que vivo. Me voy a mis recuerdos, ven conmigo. Duérmete para que no te estorbe el mundo con sus reglas que de tanto repetirse parecen ser lo único cierto, lo único creíble. Duérmete para que en tus adentros, donde lo posible es imposible y posible, donde el capricho duerme y despierta cuando entras, tu yo hondo converse conmigo y con mis aguas.

“Cierro mis ojos y lo primero que veo es que voy corriendo, corriendo, corriendo por primera vez voy por este arenoso patio en el que nunca había andado. Sin salir de mi casa había sido criado por mis padres, de quienes siempre sospeché que temían que alguien me llevara o me perdiera en la distancia, según decían. No sé quién podría secuestrarme ni en qué distancia me perdería. Pero les creía a mis padres, y eso no me preocupaba. Lo que me preocupó siempre fue ser feliz, y lo fui siempre. Ser feliz consiste en desear lo que puede conseguirse o conseguir lo que puede desearse.
Y lo que se desea y consigue está en el mundo que para uno existe. Yo aprendí desde muy niño que mi país eran las cuatro paredes de mi cuarto. Mis continentes, los demás cuartos y la sala de mi casa. Que el mundo entero era mi casa completa y su techo blanco que continuaba de cuarto en cuarto limitados por las paredes azul tierno que devolvían las paredes a mis ojos. Las ventanas de la casa eran un misterio al que yo sentía que mis padres no querían que me acercara sino de noche. “Hay mundos que pueden dañar a los niños, porque lanzan colores y formas sobre tus miradas y si se incrustan dentro del cerebro se graban y hacen daño a los nervios y éstos al intestino, que se despelota en diarrea o en vómito o en algo más difícil: el estreñimiento horroroso”. Qué miedo me producían aquellas posibilidades que había probado en ocasiones y me habían lanzado a un triste y pesaroso malestar. No. No quería aquello. No miraría nunca esas ventanas, porque no quería volver a estar así. Me convencí de que sólo eran reales mis padres y mi casa, y el resto del mundo de que me hablaban, eran fantasías, y si salía, podía perder mi vida, disuelto en esos mitos lejanos.
Me habían enseñado matemáticas. Con ellas y guiado por mis queridos progenitores, calculé que la casa tenía exactamente 1,395 metros cuadrados. Eso me parecía una inmensidad, un universo completo con todas sus estrellas. Porque aunque nunca las había visto, lo mismo que el mar, sabía lo que existían como una fantasía, como seres de historieta porque mis padres me lo explicaron, tal como me informaron del sistema planetario solar. Conocía a Plutón, Venus, la Tierra, Júpiter, Saturno, todo, todo como conozco al Quijote y Sancho, como palabras cuyo sentido está en las palabras que definen y son lo que describen, no en el hecho, sino en la fantasía visual. o sonora, en el hecho olido o tocado como experiencia imaginaria. Con las palabras y gráficos que hacen vivir las cosas y existir aunque se disuelvan junto a ellas cuando entramos en ese misterio interior que es el otro sueño, el que se vive sin los sentidos.
Suponía no estarían contentos de verme salir al patio. Y cuando mis padres tenían que retirarse de la casa por una razón o por otra, iban a lugares que luego me explicarían, y después no me explicaban o me explicaban a medias o a cuartas. Cerraban todo para que no saliera al patio. Barandillas fuertes, rejas inexpugnables, cristales gruesos y opacos casi como espejos, tejas para que no pasaran las sabandijas hacia adentro ni yo hacia afuera.
Jamás pregunté por qué no querían que yo saliera, pues en realidad, nunca me dijeron que lo hiciera ni que dejara de hacerlo, no obstante todo me evidenciaba que no querían. No lo averigüé, a pesar de que preguntaba los por qués de cada cosa, pues era un verdadero niño preguntón. Eso, lo de mi razón para no salir, lo consideré siempre como esos misterios sagrados que uno no entiende pero que hace como si entendiera para no pecar con la duda. Que uno no pregunta debido a que preguntarlos es más ofensivo que preguntárselo. Oscurezco el espíritu ante ellos para no ver la pregunta ni las posibles respuestas inventadas por mi mente. Esa maravilla tiene la oscuridad: ocultarnos las dudas y llevarnos al encanto de la fe y su ignorancia de todo a cambio de regalarnos una paz débil pero necesaria para esta imperfecta existencia.
Pero mis padres eran mis dioses, y estoy seguro de que ellos me explicarían todo, con todo el cariño me dirían por qué no debía salir, y yo me dormiría feliz meciéndome en la hamaca de esa dulce respuesta. Me dirían: “Queremos sepas poco del mundo, para que lo inventes. El mundo es un pedazo de sol que como un machete amarillo entra por la ventana, un cuchillo de luz que en vez de cortar hace vivir las cosas, y ama tanto a los seres que para no herirlos se corta y sangra sombras, y con ello hace el día. La luna es un sol tan cariñoso que para no molestar deja caer suavemente su polvo gris de luz como una llovizna transparentemente pálida, leve túnica luminosa que viste a todo lo existente, y los prepara para el sueño en que los envuelve la inmensa y dulce noche, que tiernamente da oscuras caricias a las cosas para que no despierten”, me decía mi madre.
“Que tu imaginación invente el resto”, completaba mi padre, y mi espíritu volaba.
“La Biblia, el Corán, el Talmud, El Libro de los Muertos, Los Vedas, El Bagadad Gita son libros sagrados para la gente”,había explicado alguna vez mi padre. Pregunté “¿Qué es sagrado”. Dijo:”Aquello que no puede discutirse porque lo ha dicho alguien que nunca miente”.
Ciertamente, pensé yo, ustedes son mi libro sagrado, pues no los he oído mentir. Dicen que si suelto un mango cae el piso, y eso ocurre. Que si lo tiro un mango contra el blanco del techo se romperá y teñirá de amarillo la pared, y así ocurre. Ustedes son mis profetas y mis libros sagrados y mis dioses. Qué bueno que estoy tan cerca de mis dioses y qué fácil puedo consultarles sobre mis faltas y sus remedios.
Me preguntaba secretamente -los únicos secretos que guardé a mis padres- hasta cuándo estaríamos ellos y yo sometidos a la dictadura del día y la noche. ¿Si siempre sería así, que la noche y el día vendrían al antojo del sol y de la luna? ¿No podría yo conseguir que amaneciera o anocheciera a mi voluntad? ¿Que yo dijera, “Día”, y fuera día, o dijera “Noche” y fuera noche sin que haya que esperar esas largas horas que ha impuesto no sé quién ni por qué ni desde cuándo ni hasta cuándo ni desde dónde ni hacia dónde, ni para qué? Lo mismo me preguntaba ¿por qué debía siempre llover desde el cielo y no desde la tierra? ¿Por qué esa dictadura en el comportamiento de la vida? ¿Por qué no puede una semilla de arroz dar habichuelas?
Me propuse crear mis propios día y noche. A mis horas preferidas, a mis minutos exactos, que amaneciera o fuera tarde con sólo desearlo. Jugar, por ejemplo, con un crepúsculo que en treinta segundos fuese un amanecer. Que a la madrugada le sucediera la tarde. Y que el sol del mediodía en 30 segundos se transformara en prima noche. Pensé en que la noche se parece al sueño, y el día a la vigilia. Cerré los ojos sobre la almohada y fue la noche. Problema resuelto el de la noche. El del día, pensé que podría lograrlo con los sueños. Pero los sueños no pueden controlarse y era de día en ellos cuando ellos querían y no cuando yo quisiera. ¿Cómo lograrlo?
Y seguí reflexionando. Cerré los ojos y quise imaginarme el día. Lo conseguía, pero duraba muy poco. No tanto como la noche. Me propuse que una manzana que yo tuviera en la mano, la soltara y cayera sobre la pared, y que mi camisa pudiera caer hacia el techo. De este mismo modo, hice otros experimentos buscando romper la conducta de las cosas, esa conducta que de tanto repetirse hace a uno creer que es la única posible, y convencer a todos de que todo lo contrario es absurdo.
Un día, muy de mañana, mis padres salieron. Me dejaron todo listo para comer, mi ropa de ponerme, el agua de bañarme, todo, como siempre, como por años lo habían hecho. Pero aquél sería el día de yo lograr mi sueño, mi propósito. Algo me dijo que allá afuera, en el patio estaría el día voluntario, el día mágico que durara unos minutos, unas horas o unos segundos, todo lo que yo quisiera. Algo me secreteaba que si salía tendría poder para hacer toda la magia del mundo, que todo antojo sería realidad, que podría romper la dictadura de la rutina que los hombres, no sé si convencidos o vencidos, llaman lógica. Tal vez mis padres no querían que yo lo descubriera, porque ese día dejaría de ser un niño y pasaría a ser un dios, uno de ellos, y ellos, que no tenían más niños, más pequeños con cuya inocencia entretenerse en sus horas de ocio, acaso eran dioses que temían perder la adoración del único que los adoraba. Y un Dios sin adoradores no tiene razón para existir, porque entonces no ha creado el mundo ni dirige el destino ni castiga ni premia. Sí. Por ello debería ser que ellos no querían que yo conociera el patio. Para que no fuera perfecto como ellos. Para que no me desatara de aquel pequeño mundo que les pertenecía y a ellos, que habían creado, como a mí, y a ese mundo me debía. Temían quizás que descubriera el secreto de viajar como ellos a esas fantasías lejanas de que me hablaban.
Hurgué, como nunca, si habían dejado algo abierto, algo que se les hubiera olvidado cerrar. Una ventana sin aldaba y candado, una puerta sin el seguro puesto, alguna reja floja, algún candado dañado o cerradura rota, alguna teja zafada por donde mis dedos pudieran romperla toda. Jamás se me había ocurrido intentar salir, y por ello, el examen de estas cosas era como ver algo nuevo, pues no las había visto nunca, me pasaban desapercibidas. Es que sólo el deseo insatisfecho hace a los ojos mostrarle al inocente yo interior lo que el exterior casi lanza sobre nuestro cuerpo. Como sólo el deseo insatisfecho hace pecar, pues él mismo es el pecado.
¿De qué color sería el patio? ¿Cómo serían las cosas más allá? ¿Habría ciertamente pájaros cantando como me explicaran? ¿Cómo sonaba el mundo más allá del cuadrado cielo azul de estas paredes? ¿Qué sabor tendrían las cosas, fuera de esta casa? ¿Sería el mismo sabor? ¿Las cosas que dentro de esta casa son verde, rojas, negras o amarillas, serían de ese mismo color puestas fuera de aquí? ¿Vería sobre sus ramas esos frutos que mis padres traían, cómo colgarían, habría otras especies diferentes de las que mis padres decían que había en la distancia? ¿Cómo serían esos países cuyas imágenes me enseñaron mis padres, y que creerlas tan ciertas nunca me interesé por conocerlas en vivo yendo a ellas y respirando su aire, su olor, tocando sus monumentos, escuchando a su gente? ¿Existirían verdaderamente?
Di vueltas lleno de dudas antes de tocar una puerta o ventana o reja o teja para intentar salir. Dudaba. Me sentía pecador, desobediente, atrevido, sedicioso, rebelde, insensato, que insultaba a mis padres en su intención de que no saliera de las paredes donde estaba y donde era feliz. Pensaba que el mundo se acabaría para mí al abrir una de esas salidas. ¿Y si entraba un viento arrollador y me arrastraba o caía a un precipicio, un hueco infinito en el que no hallaría nunca el suelo y mis pedazos podridos cayeran poco a poco desde el aire en un infierno terrible y amargo, rojo y amarillo de sangre y fuego brotando y envolviéndome?
Pero al fin, la fe cuarteada fue vencida por los sólidos golpes de la duda, más pudo la luz que la noche, la curiosidad que el miedo, y me decidí a hacerlo. Pasó el primer día sin ellos. Llegó el segundo. El tercero. El cuarto. El quinto y el sexto. El séptimo, que siempre me dijeron sería un día de suerte, fue elegido por mí para intentar abrir las muy cerradas puertas y ventanas. Escogí la hora en que todavía no ha amanecido pero ya no es noche, sino un momento neutro, híbrido como esa raya invisible que separa y une agua y aire, raya que no es de aire ni de agua y los contiene a los dos sin contenerlos, y contiene a uno y a otra en su intención de ser una y otro. Cuando la luna se despedía de un sol que no llegaba. Se daban el toque de luz final e intercambiaban gris por amarillo, roce por invasión, sombra por penumbra.
Al tocar la puerta principal, se abrió sin empujarla. Con el leve roce del dedo. Iba hacia afuera huyendo, pero quise probar las demás salidas, para asegurarme de que mis padres se habían equivocado con esta puerta al dejarla abierta, y así darle grandeza a mi proeza de haber escogido precisamente primero la que dejaron abierta por error. Eso me daría un orgullo que nunca tuve cuando mis padres me decían que yo era inteligente. Creía lo decían porque de verdad lo sentían, pero que al decirlo buscaban más hacerme sentir feliz que responder a la certeza del hecho.
Puerta por puerta, teja por teja, ventana por ventana, pared por pared, todo lo revisé con mis manos. Todo lo toqué y todo cayó. Todo se fue como tragado por el aire. Hasta las columnas fueron disueltas por el poderosamente ligero pasar de mis manos. Sólo entonces supe que viví siempre rodeado del mar en una pequeñísima isla arenosa cuya única vivienda era la nuestra. El amplio mar y el agua batiendo la arena, el sol mirándose al espejo azul el mar que bailaba ante mis ojos como si hubiese estado toda su vida estático, tranquilo, muerto, únicamente esperando a entrar en mis ojos para entonces moverse y hacer la fiesta con el viento sólo para mí. Unas pocas palmeras se inclinaban como queriendo irse con sus ramas a bañar en la inmensidad que las llamaba. Fui feliz. Tan feliz que mis temblorosas manos empezaron a sudar rocío, brotarles el vapor del agua que subía contra los resquicios de las rocas como hechas una manada de minúsculos y brillantes insectos blancos que se disolvían en el aire. Me preguntaba si esa inmensa laguna que es el mar, los peces, palmeras, arena, tenían una existencia previa a yo mirarlas o si habían comenzado a existir sólo al tocarlas con mis ojos? ¿Había algo más que fantasía fuera de la difunta casa? ¿O sólo han comenzado a existir a causa de la desaparición de mi casa recién muerta?
Algo cortó de repente la dicha de este diálogo con el mundo. ¡Terrible: yo había dejado a mis padres sin su casa solariega! Qué sería de mí cuando llegaran. ¿Me castigarían, me hablarían mal, me golpearían como no lo habían hecho nunca, para que pagara en castigo físico lo hecho?
Algo me aturdía más: la posibilidad de que mis manos hubiesen adquirido un poder tan destructivo como el del basilisco cuya mirada disuelve todo, y que según mis padres, desapareció junto a sus descendientes con sólo verse unos a otros.
¿Y si el mundo desaparecía todo con sólo yo tocarlo: árboles, piedras, los lejanos países, que han de existir aunque sea en la esfera de lo fantástico: monumentos, torres, estatuas, obras de arte, libros, niños, madres, abuelitas y abuelos?
¿Qué pasaría cuando hubiese destruido todo y quedara sólo bajo mis pies la seca y desértica Tierra, un planeta girando solamente conmigo? ¿Sería yo entonces culpable de la muerte de toda la civilización, de todo libro, de toda máquina, fruta, animales, aire, lluvia, que destruyera todo lo que existe con un leve roce? Me retumba y vuelve la pregunta a mi mente: ¿Qué pasaría cuando quedara sólo bajo mis pies la seca y desértica Tierra girando conmigo, y por casualidad resbalara y mi mano tocara el planeta y desapareciera bajo mis pies, y quedara yo flotando en el espacio, girando alrededor del sol, y el día y la noche fueran sólo mi sombra sobre mí, que en mi espalda amanezca mientras anochezca en mis pies, que la madrugada sean unas recién nacidas luces ciegas saliendo de entre mis cabellos y el crepúsculo sean pálidos rayos rojos mortecinos que hacen su tumba para enterrarse en mis pies? ¿No tendría más noches de luna, ni de estrellas, pues según mis padres, la luz de la luna es reflejo de la tierra, y la tierra sería yo? ¿Y si ahora me tocaran mis manos a mí mismo y también mi cuerpo se disolviera, qué haría yo sin mi cabeza, mis brazos, sin mis piernas, sin mi corazón ni hígado, cerebro, corazón, pulmones, esqueleto, sin ojos, boca, nariz, orejas, lengua, piel, sin mis extremos e interioridades todos, sin mis manos, en fin, qué haría yo sin mi cuerpo, seguiría siendo yo, sabría algo de mí? Es verdad, así develaría el misterio de si el alma existe sin el cuerpo, si el espíritu queda flotando en la nada sin materia. Algo que siempre quise querer saber y lo evité para no pecar de preguntarlo a mis padres o preguntármelo a mí. Pero ahora, en este limbo del descubrir en que mi mente me asedia con todo lo que no debía preguntarme, tengo miedo y dicha, alegría y espanto.
¡Ay, lo que más me dolía eran mis padres, que llegaran y me abrazaran y se abrasaran al encontrar mi destructiva piel! Ay, ellos que tanto me quisieron. Empecé a llorar por su antemuerte, tristemente me fui en lágrimas. Pero toqué la tierra, plantas, palos secos, arena, y nada se destruyó. Volvió a mí esta parte de la paz perdida.
Gran descubrimiento fue ver el mar, esa gigantesca valla azul hecha de agua y cielo, del que sólo conocía sus fotos y las palabras con que mis padres lo describían, y ahora veía que no era un ser de historietas como había creído en mis adentros. Azul como la casa era el mar que nos rodeaba. Como ya he dicho, no había vecinos, calles, edificios, parques. No había ningún pueblo ni país en que viviésemos. Nuestra casa solariega, como he dicho, habitaba una isla y su patio eran arena y mar, su solar, playa y roca, y viento y olas. Rodeada de mareas y esta espuma que habla ahora con mis pies, que por primera vez se veían la ven, con su agua cálida y su aire húmedo.
A cada momento oía o veía algo y pensaba que eran mis padres que llegaban.
Un día, después dormir a plena luna, al despertar en la mañana junto al amanecer, me quedé escuchando el ruido del agua sobre las rocas, unas veces como violín rozado por el arco cuando arenas y caracoles se suavizan a la caricia del agua, otras como piano con teclas de roca, tocadas por las manos de un agua que sube y les cae una y mil veces. Oí en esta música la voz de mis padres hablándome al ritmo del viento y la piedra y la arena y el agua era su lengua y las rocas sus labios y su cara, la isla hecha mejilla suya. Recordé la música que me enseñaron a oír, y ví en los paisajes las obras de los maestros cuyas imágenes y letras sublimaron muchas veces mis ojos y manos. Al tocar las algas, toqué las estatuas que me habían traído y vivían en la difunta casa solariega, que ahora bulle en mí como lo que nunca fue: una feliz prisión de la que recién me libero. Comprendí que Beetoven, Dvorak, Haidyn, Bach, Gerswin, Berlioz, Manuel de Falla, Héctor Villalobos, Wagner, José Antonio Molina, Mozart habían aprendido los sonidos de su música en el viento y las olas, del roce de las hojas, de los troncos que se acarician, aprendieron su música. Que el sonido de los instrumentos musicales venía del sonar de la vida. Ahora regresaban a mí desde el paisaje. Olvidé maestros y música, y devolví a la naturaleza sus claves, sus notas y compases, su ritmo y coloratura y a ella me entregué.
Mis padres habían venido en olas y riendo con la espuma hecha sus dientes, el mar era su cara y la luz sus cabellos, y me dijeron que nunca se fueron ni me habían impedido ir donde quisiera. Que estaban alegres de que yo intentara salir sin su permiso, y que ellos no volverían a ser humanos, que como elementos me acompañarían siempre. Que hiciera una barca con las ramas de los árboles secos de la isla y me marchara y buscara compañera y tuviera hijos y volviera a la isla e hiciera con mis manos y las de ellos una casa tan secretamente abierta como la anciana y difunta casa solariega que habían hecho para mí. Donde fueran tan libres que al tocarla con el deseo de ver lo que había detrás de sus paredes, no hiciera oposición, sino que los dejara enseguida a su voluntad para elegir dónde y cómo vivir. Pero que no les dijera cómo ni en qué momento hacerlo. Que los dejara libres. Sin decirles qué es mejor. Si el lugar donde estamos o aquél a donde vamos”.
Ya te he contado todo a ti, que soy yo mismo contándomelo todo, porque sé que todo lo que se cuenta es cierto, en alguna esfera del existir existe y vive. Ahora soy un ser marino, un animal de aguas y de aire y de tierra, anfibio sin la piel ni los bronquios ni la traquea ni la sangre fría, porque no necesito haber nacido con ellos, pues los tengo tan pronto deseo tenerlos. Ahora camino grabando lo que mi voz y los gestos de mis manos les dicen a las olas mientras organizo estos recuerdos. Aprovechando que mis hijos han salido de la isla que es casa solariega y es isla marina, y me han dejado paseando por la orilla, mientras las olas y el viento hablan, unas veces para mis pies, otras para mis manos y mi cuerpo que se mece en estas idas y retornos que recuento.
Las olas, que son mis padres van y vuelven y cada vez no sé si volverán o no, o si no han vuelto nunca sino que en cada ola encuentro padres nuevos, no sé, porque son libres como yo de volver o quedarse, ser o no ser, como siempre quisieron ellos y quise yo: que aprender a inventar mi sol, mi luna, mi día, mi noche, mi tarde, mi madrugada, mi crepúsculo, mi aurora, mi hora y mi minuto, mi segundo y mis años, y como arena en el reloj que al bajar toda se vira para volver a comenzar, como el agua en la clepsidra, que cuando pasa finge no volver jamás, pero inexorablemente con los siglos vuelve a pasar como vuelve la clepsidra a serlo en otras manos. Porque eso es el universo, un irse para volver interminable, un ser y no ser revuelto en horas de idas y retornos.
Oigo una ola que viene, el sol que se asoma y la lluvia que me visita. No sé sin son mis padres o mis hijos o si soy yo o si somos un uno y múltiple ser en su interminable ciclo de irse y volver sin dejar de acompañarme y ser libres y dejarme a mí serlo.
Te dejo un momento, y voy a ver quién llega.